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HISTORIA DE LA RELIGIÓN .: LA GUERRAS DE RELIGIÓN .
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Respuesta  Mensaje 1 de 1 en el tema 
De: IGNACIOAL  (Mensaje original) Enviado: 16/11/2010 17:20
LAS GUERRAS DE RELIGIÓN
 
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Las Guerras de religión de Francia fueron una serie de enfrentamientos civiles que se desarrollaron en el Reino de Francia durante la segunda mitad del siglo XVI. Se distinguen hasta ocho guerras distintas acontecidas entre 1562 y 1598, si bien la violencia fue constante durante todo el período.
El detonante de las Guerras de Religión fueron las disputas religiosas entre católicos y protestantes calvinistas, conocidos como hugonotes, exacerbadas por las disputas entre las casas nobiliarias que abanderaron estas facciones religiosas, en especial los Borbón y los Guisa.
Por añadidura, la guerra civil francesa tuvo dimensiones internacionales, implicando en la lucha a la gran potencia protestante del momento, la Inglaterra de Isabel I, con la máxima defensora del catolicismo tridentino, la España de Felipe II. Debido a ello, el conflicto influyó de manera determinante en el éxito de la rebelión de las Provincias Unidas contra el dominio español y en la expansión de las confesiones protestantes en el Sacro Imperio Romano, regido por el tío de Felipe II, el emperador Fernando I de Habsburgo.
El conflicto acabó con la extinción de la dinastía Valois-Angulema y el ascenso al poder de Enrique IV de Borbón, que tras su conversión al catolicismo promulgó el Edicto de Nantes en 1598, garantizando una cierta tolerancia religiosa hacia los protestantes. Sin embargo, los conflictos entre la Corona y los hugonotes se reavivaron periódicamente, hasta que el nieto de Enrique IV, Luis XIV, revocó tal tolerancia con el Edicto de Fontainebleau de 1685, proscribiendo toda religión excepto la católica, lo que provocó el exilio de más de 200.000 hugonotes.
 
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LUIS XIV DE FRANCIA
 
 
 
Desde finales del siglo XIV, y en especial con el Renacimiento, se había ido desarrollando una corriente reformista que cuestionaba los tradicionales principios de la religión católica, así como la autoridad de la Iglesia de Roma, su relación con los poderes seculares y la riqueza, influencia política y privilegios acumulados por el clero.
Las discordias empiezan en los años 1540 y 1550 debido a destrucciones iconoclastas cometidas por protestantes de objetos del ritual romano que los católicos consideraban sagrados; reliquias, Custodias y estatuas de santos. A finales del reinado de Enrique II, el conflicto se politiza y al morir el rey en 1559, los partidos religiosos se organizan para preparar sus estructuras militares. Las guerras de religión empiezan en 1562 y prosiguen, con intervalos de paz hasta 1598, con la promulgación del Edicto de Nantes.
Estos disturbios religiosos resultan especialmente difíciles de estudiar por su complejidad. A las diferencias religiosas se superponen enfrentamientos políticos, luchas sociales, divergencias culturales y por último, un contexto europeo tenso.
 
 
 
Debilitamiento del poder real

A finales del siglo XV y comienzos del XVI, la monarquía francesa había ampliado extraordinariamente las bases de su poder territorial, financiero, económico y militar, estableciendo un gobierno hasta cierto punto centralizado. El equilibrio entre nobleza y monarquía se mantuvo durante los reinados de Francisco I y Enrique II, que se apoyaron en la nobleza para poder gobernar, buscando su consejo y auxilio, pero sin dejarse dominar ni tolerar ninguna oposición a su poder.
Una nueva alta nobleza había prosperado al amparo de la monarquía, tras la desaparición de los grandes ducados de Borgoña y Bretaña. Las familias nobiliarias más importantes del momento fueron los Guisa, los Borbón y los Montmorency, que se enfrentarán entre sí a lo largo de las Guerras de Religión. Estas tres grandes familias ejercían el control del gobierno central, a través del favor del Rey, y el gobierno local, por medio de una red de clientelas. Ese equilibrio se rompió con la muerte de Enrique II en 1559. Al ser los reyes Francisco II y Carlos IX demasiado incapaces o demasiado jóvenes para reinar, la competencia de la nobleza por el favor del rey se convirtió en una lucha para controlar el poder real.
 
 
 
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Por otra parte, los intentos de la reina madre Catalina de Médicis y su canciller Michel de L'Hospital por crear una verdadera administración profesional propia de la Corona, integrada por miembros de la burguesía y la baja nobleza, provocaron el descontento de la alta nobleza, ante lo que entendía como una marginación en su tradicional función asesora. El intento de capear la situación y mantener la continuidad del Estado por medio de la tolerancia religiosa sólo provocó que ambas facciones se sintieran agraviadas con la actuación de la Corona. Todo ello se combinó con la desunión religiosa en un movimiento que haría tambalear la monarquía y sumiría al país en un largo periodo de luchas intestinas.
El resultado inmediato fue la ruptura del equilibrio del poder político, ya que la casa Montmorency, opuesta de antemano a la política real, se encontró firmemente unida entre sí y con otros grupos por la religión, lo que hizo posible la formación de verdaderos partidos políticos, tan poderosos que llegaron a tomar el poder. La explicación de por qué estas guerras en Francia se alargaron 36 años reside precisamente en la transformación de las confesiones en partidos: el Partido Hugonote y la Liga Católica. El primero aparece como consecuencia de la politización de la Iglesia Reformada, y en defensa de su fe escogida frente a lós intentos católicos de frenar su expansión, y la segunda como reacción a los éxitos y excesos de los hugonotes, ya en plena lucha por el poder entre la casa de Borbón y la casa de Guisa-Lorena.
A lo largo de las Guerras de Religión, la monarquía, cuya existencia nunca llegó a ser cuestionada, perdió el control de la situación y se vio incapaz de reprimir o poner fin a la lucha de partidos, resultando vanos los esfuerzos desplegados por los dos últimos Valois (Carlos IX, Enrique III y su madre Catalina de Médici) para preservar el poder real ante el colapso del orden político.
 
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MUERTE DE ENRIQUE II DE FRANCIA  Y CATALINA DE MEDECI
 
 
 
 
 
Por último, cabe destacar la amplia participación social, pues las Guerras de Religión implicaron a todos los estratos sociales, desde las élites a las masas populares. Todo ello refleja una masiva reacción social al progreso de la construcción del estado autoritario y unificado, intentando los rebeldes restaurar y revitalizar antiguas instituciones o proyectar otras nuevas.
La insubordinación de los franceses toma como modelo el comportamiento de príncipes y grandes señores, que toman las armas sin permiso del monarca. El feudalismo que aún se vive en Francia queda de manifiesto con la progresiva autonomía de los señores y de sus partidarios. La convocatoria de los Estados Generales, que se llevó a cabo tres veces durante las Guerras de Religión, de testimonio patente del debilitamiento de la autoridad real. Los reyes necesitaban del apoyo de sus súbditos para poder adoptar decisiones que se respetaran; llegó a cuestionarse incluso el poder real, por aquellos que también desean que el rey se plegara a la voluntad de estos órganos consultivos.
Las guerras de religión en Francia son también la consecuencia de la intervención de países vecinos que tratan de debilitarla. Al perder Francia la Batalla de San Quintín en 1557 y firmar el Tratado de Cateau-Cambresis, ve perder su hegemonía en beneficio del reino de España, vencedor en dicha batalla. Sin embargo, y a pesar de su declive durante la segunda mitad del Siglo XVI, Francia continuará siendo una gran potencia europea. La reina de Inglaterra Isabel I interviene en apoyo de los protestantes y el rey de España, Felipe II apoyará al clan de los Guisa, católicos intransigentes. Durante las guerras de religión pues, Francia estará dividida en dos facciones apoyadas financiera y militarmente por potencias extranjeras. Durante los años 1580, Inglaterra y España se enfrentarán utilizando Francia como escenario.
Pero hay también reivindicaciones territoriales. Inglaterra desea recuperar Calais, perdida en 1558 y España desea recuperar la parte septentrional de Navarra. Por su parte, Saboya, aliada a España quiere recuperar las ciudades italianas ocupadas por Francia tras las Guerras de Italia.
Las guerras de religión en Francia dependen mucho del contexto europeo. Esto es especialmente significativo en el caso de los Países Bajos españoles en los que los disturbios políticos y religiosos se acentúan a partir de 1566. La guerra en Flandes repercute automáticamente en los conflictos franceses y viceversa.
También el rey de Francia recurre a ejércitos extranjeros para restablecer su autoridad. Recurre a tropas suizas e italianas, enviadas por el Papa. Ambos bandos recurren a los reiters alemanes. Los españoles también utilizan tropas flamencas.
 
 
 
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La situación aún se complicaría más cuando se hizo patente que el homosexual Enrique III no tendría descendencia. Al morir Anjou se produjo una terrible crisis dinástica, ya que la corona correspondía legítimamente al hugonote Enrique de Navarra, en su condición de primo de Enrique III en vigesimoprimer grado y descendiente directo de Roberto de Clermont, sexto hijo de Luis IX de Francia. Enrique III dejó claro que reconocía al Borbón por sucesor suyo (esperando que se reconvirtiera al catolicismo), pero la Liga Católica no reconoció sus derechos, sino los de su tío el anciano Cardenal de Borbón.
Estalló entonces la más larga y encarnizada de todas las Guerras de Religión, la conocida como "Guerra de los tres Enriques, puesto que en ella combatieron Enrique III, Enrique de Navarra y Enrique de Guisa.
Enrique de Navarra, apoyado militarmente por el Palatinado y Dinamarca, se convenció de que sólo una victoria decisiva sobre los Guisa podría devolverle su lugar en la sucesión. La escala de conflicto aumentó a raíz de la ejecución de María Estuardo en febrero de 1587. Decidido a acabar con Inglaterra, Felipe II necesitaba de una Francia pacificada para emprender su campaña contra Isabel Tudor. Sin embargo, las fuerzas católicas dirigidas por los favoritos del Rey fueron derrotadas, y la Liga exigió la entrada en vigor de lo acordado en Nemours, así como la publicación de las disposiciones conciliares de Trento, la introducción de la Inquisición y la confiscación de bienes de los protestantes para sufragar la guerra. Los enfrentamientos entre católicos y protestantes se endurecieron con la alianza entre los protestantes y los rebeldes neerlandeses alzados contra España, y la de los católicos de la Liga con Felipe II de España.
 
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FELIPE II DE ESPAÑA
 
 
 
 
Pero el fracaso de la Armada Invencible infundió nuevos ánimos en el Rey y el partido de los políticos, en tanto que los Guisa sufrían un duro revés. Enrique III, envalentonado, trató de someter a la Liga, y ordenó el asesinato de Enrique de Guisa durante la reunión de los Estados en Blois. Guisa murió el 23 de diciembre de 1588 a manos de la guardia real, y a continuación fueron encarcelados el hermano del Duque, el cardenal Luis de Guisa (asesinado poco después) y toda su camarilla. Los cadáveres de los Guisa fueron incinerados en una estufa del Castillo de Blois, para evitar que las tumbas de los "mártires" se convirtieran en objeto de veneración de la Liga Católica. Unos días después, el 5 de enero de 1589, la reina madre Catalina de Médicis moría, y el Rey se alió nuevamente con Enrique de Navarra para combatir a los Guisa. Tras varios meses de sangriento conflicto, el 1 de agosto Enrique III fue asesinado por el monje dominico Jacques Clément mientras intentaba tomar París. El jefe de los hugonotes, Enrique de Navarra, se convirtió así en rey de Francia con el nombre de Enrique IV.35
Con la desaparición violenta del monarca la guerra civil francesa entró en su última etapa: la lucha por la sucesión al trono de Francia y la reconquista del reino. La Liga proclamó al Cardenal de Borbón como Carlos X, pero poco después fue capturado por Enrique IV. Los papeles se invirtieron, y los hugonotes se convirtieron en legitimistas, pasando a defender el derecho hereditario y la autoridad real, unidos a los politiques y a los realistas que apoyaban al Borbón, exaltando la soberanía del rey y la necesidad de obediencia. La Liga, por otro lado, hizo suyos los temas del derecho a la resistencia y de la soberanía popular difundidos por los hugonotes. España intervino activamente, decidida a evitar el ascenso al trono francés de un hereje y a promover la candidatura de la infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II e Isabel de Valois. Tras cuatro años de lucha, la conversión de Enrique IV al catolicismo en julio de 1593 le abrió las puertas de París y le permitió alcanzar una tregua con la Liga. Enrique IV mantuvo aún una guerra contra Felipe II de España que terminó el 2 de mayo de 1598 con la Paz de Vervins. El problema religioso quedó zanjado con el Edicto de Nantes, el 13 de abril de 1598, en el que se recogían todas las disposiciones relativas a la tolerancia religiosa que se habían recogido anteriormente, y que entró al fin plenamente en vigor
 
 
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