|
RELATO 1
Llueve fuera. Miro la lluvia desde mi cómoda silla frente a la ventana. Me gusta ver llover, contemplar el contraste del cielo gris con el verdor de la hierba, oir el repiqueteo del agua contra el ventanal. Has llegado. Aunque nunca haces ruido, siempre sé cuándo estás tras de mí. A veces hasta puedo intuir si sonríes o estás afligido. Te acercas a mí, besas mi arrugada mejilla y me entregas una rosa.
-Creí que lo habías olvidado -te digo. -¿Olvidarlo? Manuela, durante cuarenta años no he dejado de regalarte una rosa roja en San Valentín, ni siquiera en los años de la mili, ¿te acuerdas? Siempre te envié una rosa. -Tonto. Debía costarte una fortuna. -Merecía la pena, Manuela, por ti, merecía la pena. -Tengo miedo de que un año lo olvides. -Eso, mi vida, jamás sucederá.
Te sientas a mi lado, en el suelo, con la misma agilidad que cuando tenías veinte años. La rosa es preciosa. Grande, viva, aromática. El rojo de sus pétalos contrasta con el blanco de mi camisón de diminutos topos celestes. Luego, cuando se marchitan, las guardo en libros, libros que fueron especiales para mí. Tengo todas tus rosas primorosamente apaisadas entre los clásicos. Y ésta no será diferente. Me tomas la mano y juntos contemplamos la lluvia caer. Tanto tiempo juntos, y aún nos deleitamos con las cosas más sencillas. Tus labios dejan una huella indeleble en mi pel y me ruborizo como una adolescente. Te ríes, con esa mueca que tanto me gusta. Con esa voz tan tuya, tan cantarina. Quién nos lo iba a decir, Agustín. Cuando nos conocimos nadie daba un real por nuestra relación. Decían que eras un golfo. Pero te domé, vaya si te domé. Como a un cachorrito, Agustín, aunque tú nunca lo admitas. Y míranos, aquí juntitos como el primer día, más de cuarenta años después… Se abre la puerta de la habitación y tú te levantas con cuidado y te apartas cuando la enfermera se acerca con ese estúpido vasito de plástico y las pastillitas de las cinco. Como el té. Aunque la enfermera, desde luego, no se parece en nada a la reina británica, ¿verdad? Y esta vez viene acompañada de un señor… su rostro me resulta conocido, pero no lo ubico…
-Doña Manuela, ha venido a verle su hijo - me grita, como si estuviera sorda. Estos jóvenes de hoy se piensan que ser viejo y sordo es sinónimo.
-¿Mi hijo? -me he quedado en blanco. Claro que es mi hijo, qué tonta estoy. Cómo crecen estos chiquillos, ¿eh, Agustín? Míralo ahí, que sólo ayer era un pimpollo. Qué grande está-. Ay, Agustín, es Alfonsito. Míralo qué guapo que está. Los dos hombres más importantes de mi vida, cómo olvidarlo…
La enfermera suspira y, con los brazos en jarras se vuelve hacia Alfonsito.
-Hoy es uno de esos días, me temo. Otra vez que cree estar viendo a su difunto padre, don Alfonso. A pesar de las medicinas, esto es así. Qué le vamos a hacer. Paciencia -se dirige a mí de nuevo, voz en alto-. Doña Manuela, tómese las pastillitas y no se canse mucho, ¿eh? En un momento les traeré la merienda. Su hijo le ha traído galletas. De chocolate, sus favoritas.
Qué sabrá esta energúmena cuáles son mis favoritas. Tú sí que lo sabes, Agustín. De jengibre.
-Hola, mamá -Alfonsito arrastra una silla para sentarse junto a mí-. Anda, ¿y esa rosa? ¿Tienes una admirador secreto? -Qué tontería, hijo. ¿Quién me la iba a regalar? Tu padre, claro. ¡Pues bueno es él! Le partiría la cara al primer fresco que se me acercara, eso es seguro. -Mama… -cierra los ojos, calculando las palabras- Papá murió hace dos años -Alfonsito nunca fue conocido por su delicadeza.
Qué tonta es esta juventud, Agustín. Muerto, dice. El amor nunca muere, ¿verdad? El amor verdadero, como el nuestro, no tiene barreras. Y eso, lo sabemos tú y yo muy bien. Me miras conspiradoramente desde el rincón, apoyado contra la pared como el día en que te conocí, en la tapia del cine de verano. Sonríes.
RELATO 2
Creo que mi destino estuvo marcado desde mi primer Juanito, y es que si a aquél le conocí a orillas del Atlántico, iniciando una relación preadolescente de verano, mil años después, el Cantábrico, envidioso de su oleaje, compitió con su recuerdo hasta casi borrarlo, regalándome a mi Kerry, a ti.
Casi es un ritual, cada 20 de agosto, rememorar el día en que nos conocimos, bueno, que me conociste, yo ya supe casi un mes antes que ibas a ser mi gran amor. ¡Cómo se reían de mi aquella noche que, al volver a casa, decía “he visto al chico con el que voy a pasar el resto de mi vida”!. Tuve paciencia en conocerte, de todas formas, sabía que teníamos muchos años por delante, no había prisa. Así que, semanas después, aquella noche mágica, tras lograr un primer acercamiento, no me separé de ti, ni esa, ni las que siguieron de aquel primer verano, ni en todas las vacaciones que transcurrieron durante ¿cuántos años? Demasiados, o tal vez tan pocos. ¡Con cuánta ilusión preparaba mi equipaje al ir a tu encuentro! ¡Cuántos nervios! ¡Cuántos recuerdos! Contigo dejé atrás la adolescencia, qué difícil, ¿verdad?, protagonizando por vez primera aquella vieja canción de “Los Rebeldes”.
A veces pienso que no sé cómo logramos superar la distancia, la oposición de mis padres, a esas personas que vienen y van y se cruzan en nuestras vidas mientras nos decíamos “esta no es, la mía está allá, a los pies del Cantábrico, aguanta, espera”. Esperábamos aquél momento en el que tímidamente volvíamos a echarnos en los brazos del otro, rezando para que aquél verano durase un poco más que el anterior.
No quiero hablar de las despedidas ¿quieres creer que aún me duelen? Ésas si que fueron demasiadas… y entonces sólo nos quedaba la alegría de recibir una carta, una llamada, algo que nos continuara recordando que aquel tiempo que habíamos pasado juntos no había sido un sueño, otro más. Y, mientras, teníamos que soportar la pesadilla de la ausencia, los comentarios insidiosos acerca de nuestra relación “sin futuro”, las dudas, las lágrimas…
Otro verano, otro otoño, otro invierno, otra primavera, miles de cartas atesoradas en viejas cajas de zapatos, absolutamente precintadas para que nadie ose indagar, y tal vez envidiar, nuestro ser, nuestro amor.
Hemos compartido muchas canciones que han ido escribiendo nuestra historia, casi podríamos decir que es pública, si escuchas a Pablo Milanés, sobre todo aquella que dice que el tiempo pasa, nos vamos haciendo viejos…Porque el tiempo pasó, aquella época pasó, nuestra relación juvenil pasó, y ahora, desde hace ocho años, estamos protagonizando por fin sin distancia otra, llena de esperanzas, algunas cumplidas, y otras a la espera de ver materializadas; pero no importa, porque sé que eres el amor de mi vida, sé que aún tenemos muchos años por delante, sigue sin haber prisa.
Te quiero mi Kerry.
RELATO 3
Corría el verano de 1985, una época feliz para todos los niños digo feliz porque eran libres, no se pasaban las horas en casa viendo la tele ni jugando a videoconsolas, ni vivían en urbes superpobladas en las que no hay espacios al aire libre como por aquel entonces. Jugaban en la calle a todo tipo de juegos que hoy por hoy ni se conocen, el escondite, el brilet, la comba, la chapa, tu las llevas, etc... era imposible aburrirse porque se juntaban muchos niños de la vecindad para jugar todos juntos, una vez llegaban de la playa y se duchaban, aún les quedaba tiempo hasta las diez de la noche para divertirse con todos sus amigos en la calle.
Fue al final de ese maravilloso verano cuando de golpe a porrazo por motivos que no podía llegar a entender sufrí mi primer disgusto ¿amoroso?
Yo era una niña gorda, alta para mi edad, fuertota y un poco patosa. Nunca en aquella época me sentí rechazada por mi aspecto físico, más bien al contrario por ser la mayor de mi grupo de amigos era una especie de líder infantil, mas había algo que no lograba superar, no sabía montar en bici a pesar de tener ya diez años. Me avergonzaba de ello y contaba a mis amigos que sí sabía, pero que mis padres no me dejaban traer la bici del pueblo. En parte era verdad, tenía una bici BH, verde muy mona pero seguía con los odiosos ruedines que impedían caerte. Siempre intentaba convencer a mis amigos de jugar a juegos divertidos en la calle sin tener que coger la bicicleta, pero a veces era imposible.
Llevaban tiempo planeando hacer una excursión en bici campo a través, querían tener una aventura tipo Los cinco de Enid Blyton y yo me moría de ganas de participar, no podía pensar en lo que me esperaría al día siguiente cuando comentaran lo bien que lo habían pasado. La disculpa que iba a poner era muy fácil, me iría al pueblo con mis abuelos, pero realmente no era lo que quería.
Llorando sin poder contener la pena que me embargaba me escondí en el rellano de las escaleras, en aquel entonces solo vivíamos en mi edificio mi familia y un matrimonio con sus dos hijos, Santi un año menor que yo y Carlos tres años mayor que yo. Con Carlos no tenía trato y me parecía guapísimo, cada vez que me lo encontraba en las escaleras y me saludaba me ponía como un tomate, en cambio Santi era mi mejor amigo, pasábamos todo el día juntos, en la calle, estudiando, jugando en casa los días de lluvia, yo que no tenía hermanos y lo quería a él como a uno. Era guapo, pero no tanto como su hermano además tenía gafotas y era un poco repelente, se pasaba horas estudiando, leía mucho, era el típico empollón, pero yo lo quería porque con ir un curso por debajo de mi, era capaz de resolverme mis problemas con las matemáticas.
Así me encontró Santi, llorando en las escaleras, rara vez me veía llorar y me preguntó que me pasaba. Le hice prometer que no se reiría antes de contarle mi problema. No solo no se rió sino que se las ingenió para poder pasar conmigo el día siguiente en casa de mis abuelos del pueblo, en ningún momento me dijo que estaba tramando, solo habló con mis padres y con los suyos y al día siguiente muy temprano nos dejaron en casa de mis abuelos.
Todos nos acordamos de quien nos enseñó a montar en bici igual que de nuestro primero amor, ¿verdad?, pero pocos pueden decir que esa persona sea la misma. Pues así fue, con todo lo torpona que era y lo gordocha que estaba, tras millones de intentos y trillones de caídas, Santi consiguió enseñarme a andar en bici, mis abuelos no se lo podían creer, habían intentado todo conmigo pero ya habían desistido en el intento, pensaban que en la vida sería capaz de montar en bici y en parte mi padre se alegraba porque eso significaba no querer una moto en el futuro.
Esa noche al despedirnos no sabía como darle las gracias a mi mejor amigo, no solo por haber hecho realidad uno de mis sueños de la infancia sino por prometerme que no se lo diría a nadie del grupo, pero me lo puso fácil, me pidió un beso de película. Junté mi boca con la suya y apreté mis labios fuertemente con los suyos moviendo la cabeza como había visto tantas veces en la tele, cuando me separé Santi estaba llorando. Al principio me asusté, nunca había visto a nadie llorar después de que le dieran un beso, me puse tan colorada y me dio tanta vergüenza que me escapé corriendo para mi casa.
Al día siguiente fuimos de excursión en bici, lo recuerdo perfectamente aunque no vivimos ninguna aventura tipo los cinco, lo pasamos genial. Santi volvía a ser mi mejor amigo y no volvimos a hablar del beso y yo era una auténtica ciclista, que más le podía pedir a la vida.
A principios de septiembre de aquel mismo año supe lo mucho que quería a Santi. Un día cuando menos me lo esperaba sacó el tema de nuestro beso y me dijo porque lloraba. A su padre militar lo trasladaban a otra provincia, muy, muy lejos de donde yo vivía. No puedo describir como me sentí, una mezcla de sentimientos se apoderó de mí, ira, despecho, impotencia, odio a los adultos, dolor, dolor y mucho, mucho dolor.
Pero el tiempo pasa y todo lo cura y aunque siempre me acordé de Santi, Carlos y sus padres y me hubiese gustado saber de ellos continué con mi vida. Llegó y pasó mi adolescencia con sufrimientos peores que aquel del verano de los diez años, decepciones amorosas, incomprensión, cambios físicos, en fin lo típico de toda mujer en esa época de nuestra vida tan odiosa cuando se vive y tan añorada cuando ya eres adulta.
Pasaron los años y ya estábamos a las puertas del siglo XXI, concretando Marzo de 1997. Hacía pocos meses que rompiera una relación de dos años con un chico guapísimo, ideal físicamente para mí, no muy alto, delgado pero fuerte, moreno, ojos claros, melena larga y bien cuidada, rockero y algo rebelde. Mi relación con él era ideal, eso creía yo, que me había convertido en una chica delgada, de melena leonina y como decía mi padre sin dejar de ser del montón, un poco destacada porque me arreglaba mucho. Sabía que mi novio tenía muchas chicas detrás y mucho más guapas que yo, aunque eso siempre me mosqueó un poco, él me juraba y perjuraba que yo era la única. Podéis imaginar que pasó ¿no? era más cornuda que una estampida de toros y vacas en celo.
Como iba diciendo, llevaba unos meses muy deprimida no quería salir, no quería estudiar, no quería comer, solo quería escuchar música romántica y llorar.
Mis amigas hartas de verme así, lograron una noche de marzo, (1 de marzo de 1997), sacarme a la fuerza de casa, y la verdad es que me vino genial, me fui animando poco a poco y ya en la inauguración de un pub nuevo volvía a ser yo misma, lo que consiguen las amigas, hay que dar gracias a Dios por tenerlas ahí.
No me podía creer que hasta tuviera ganas de ligar, habían entrado cuatro chicos, tres de ellos bastantes feochos, con gafas y uno con restos de un acné contundente, pero el cuarto era guapísimo, tenía la dichosa melena imprescindible en un hombre para mí y aunque era más alto de lo que normalmente me gustaba tenía una cara preciosa, total que me fui a la caza. No nos presentamos pero poco a poco se fueron incorporando a nuestro círculo de baile y para disgusto de mis amigas se unieron a nosotras, cambiamos de pub y comenzaron las presentaciones. A mí los otros tres no me importaban yo acaparé en seguida al que me gustaba, supe como se llamaba y cuando le iba a decir mi nombre, oí a mi amiga Laura gritar:
- ¡No me lo puedo creer! ¡Santi!
Me di la vuelta olvidando por completo al greñudo y allí estaba Santi el mejor amigo que nunca pude volver a tener, el chico que aunque muy inocente recibió mi primer beso, que me enseñó a andar en bici, que ese día después de doce años el destino volvía a poner ante mí.
Olvidé por completo al greñas, nos pasamos toda la noche hablando, riendo, recordando, contamos a todos nuestro gran secreto (no el del beso) que él me había enseñado a andar en bici, brindamos por la amistad, por el reencuentro.... No me percaté que era el gafotas con restos de acné, en ese mismo momento volví a sentir lo que de niña, pero ahora como una mujer.
Desde ese día nunca nos volvimos a separar aunque pasaron unos meses antes de que se atreviera a pedirme para salir, hasta el punto que cuando me lo pidió mi respuesta fue:
- Pensé que nunca me lo ibas a pedir.- Y en ese momento como todo un caballero, me dio nuestro segundo beso.
Todos nos acordamos de quien nos enseñó a andar en bici al igual que de nuestro primer amor, pero pocos pueden decir que esa persona es la misma y hoy por hoy mi amado esposo.
TE QUIERO SANTIAGO. (Basada en un hecho real)
RELATO 4
A MI MARIDO QUE SIGO AMANDO La primera vez que vi a mi Valentín particular, era una niña y me quede perpleja al verlo. Un chico delgado, dinámico, unos ojos verdes, un poco golfo y muy guapo, por lo menos para mí. Lo conocí a través de mi hermana que salía con el hermano de él, me hice amiga de su hermana y a través de ellas me fui metiendo en su vida y en la de su familia. Al verlo jugando a la pelota con sus amigos, haciendo el loco saltando coches, subiéndose en los edificios en construcción y pasando por las vigas, me empecé a enamorar de él sin yo saberlo, esa emoción de peligro que desprendía, de vivir el peligro al límite, hacer locuras con la bici, vamos es ahora y los pelos se me ponen de punta. El no me hacía mucho caso, pero yo no dejé de insistir, e iba cada vez que podía a su casa, con cualquier excusa. Pareció que iba a acabar allí, pero más adelante ya más mayor, un 11 de septiembre, nos encontramos en un bar de su barrio, yo iba con una amiga y el también, veníamos de pasarlo bien, pero al verlo, volvieron los sentimientos de juventud, me dio un vuelco el corazón, él pareció que también sintió algo en ese momento, porque me pidió vernos al día siguiente, o sea una Cita. Con mi amiga estuvimos hablando de ello y con la emoción que llevaba, casi ni pude dormir. Al día siguiente salimos y lo pasamos genial, poco tiempo después nos hicimos novios, un día me contó que había salido conmigo y con dos chicas más al mismo tiempo, pero que las dejó al ver que yo sentía algo por él como el de mí.
Uno año después nos casamos y dentro de poco hacemos las bodas de plata, ahí queda...
RELATO 5
Cuando la miro veo tus ojos y empiezo a recordar, de nuevo, para siempre, esa mañana fría de otoño en la que llovía y yo pobremente refugiada debajo de un árbol me encontré con esos ojos dorados que me ofrecían un paraguas… los miré por un instante y sin saber que decir dije sí…
Sí…
te recuerdo… sí te echo de menos… los días más soleados se nublan y la luna se pinta de negro por las noches cuando tú me faltas, cuando quiero tocarte y no puedo, cuando quiero hablarte y solo puedo hablar a tu silencio.
Silencio…
que inunda mis sentidos pero sigo amando y oyendo y río a veces con ella porque su risa es la tuya, te miro a los ojos en ella y ella es la razón de mi espera.
Espero…
que llegue el día lluvioso en que me reúna contigo, te encontraré debajo de un árbol amor mío... te abrazaré como se abrazan las raíces a la tierra y nunca más te dejaré ir…
RELATO 6
Empecé a verla en las clases de los viernes. Una nueva incorporación a la academia, pensé yo. Más tarde me enteré de que había empezado preparando una oposición del grupo A, pero le exigía demasiada dedicación y su trabajo no le dejaba tiempo para ello, además de que no se le daba bien “cantar” los temas. Mucha gente tiene problemas con eso. El caso es que se pasó a nuestra oposición, que es del grupo B y tiene menor volumen de temario y no hay exámenes orales.
Parecía muy extrovertida, se la veía siempre hablando con todo el mundo. Sólo coincidía con ella los viernes por la tarde, y por eso pasó algo de tiempo hasta que hablamos por primera vez. Ella preparaba la misma oposición que yo, pero era del grupo de fines de semana, mientras que yo era de entre semana. Los viernes nos juntaban a todos.
Un día, en una conversación con un grupo de gente de clase en un descanso, habló por primera vez conmigo. Creo que fue a raíz de un comentario que hice sobre un examen que no me salió bien. Me dijo que no preocupara, me dio ánimos y me habló de las ventajas que íbamos a tener cuando aprobáramos la oposición. Hablaba conmigo como si me conociera de toda la vida, y eso me agradó.
Ese mismo día, a la salida, me preguntó hacia dónde iba, y le contesté que iba andando a casa y que tardaba unos veinte minutos. Ella quiso acompañarme, explicándome que tenía ganas de andar y que al lado de mi casa había una línea de metro que le venía muy bien.
Por el camino fue hablándome de lo duro y poco gratificante que era su trabajo, y cómo eso la había animado a opositar. Yo también le conté las penas de mi trabajo, y ella pareció entenderme muy bien. Tenía una escala de valores y una manera de ver la vida muy parecida a la mía.
Cuando llegamos a la boca del metro que ella iba a coger para ir a su casa, nos despedimos hasta el viernes siguiente. Me dio dos besos. Volví a casa con la sensación de haber conocido a mi alma gemela.
El viernes siguiente nos volvimos a ver. Nuevamente volvimos a casa juntos. Le dejé unos apuntes de una clase que se había perdido para que los fotocopiara. Una semana más tarde, cuando estaba en el pasillo charlando con unos compañeros mientras esperábamos a que llegara el profesor, vino ella. Tenía mala cara, estaba pálida y ojerosa. Me dijo que había venido para devolverme los apuntes que le había dejado pero que se volvía a marchar, porque había tenido un problema familiar... Se marchó tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar. Ya no volvería a verla hasta después del verano.
Me preguntaba si tras ese lapso de tiempo de más de un mes seguiría siendo la misma, o si la encontraría distante. Después de todo, sólo habíamos hablado un día. El primer viernes después de las vacaciones no fue a clase. Fue una semana más tarde cuando la volví a ver. Entró cuando la clase ya había empezado, y todas mis dudas se despejaron cuando al pasar por mi lado me sonrió y me acarició en el brazo.
En el descanso, me saludó muy cálidamente. Le expliqué que aquel día que vino a devolverme los apuntes no me dio tiempo a decirle ninguna palabra de ánimo por lo que le había pasado, pero que lo sentía... Y la “regañé” por haber ido hasta allí sólo para darme los apuntes, que eran sólo de una clase y no me eran imprescindibles.
Ese día, a la salida, me preguntó si me iba andando a casa, le respondí que sí, y ella dijo que me acompañaba. Así que lo de volver juntos no fue cosa de un solo día... Por el camino me fue contando que había perdido varias clases por diversas razones, una de ellas porque muchas veces los viernes salía tarde del trabajo y no le daba tiempo a llegar. Yo me ofrecí a dejarle los apuntes que le faltaran. Se puso contentísima, no se lo podía creer. Le dije que en mi carpeta llevaba los apuntes de todo lo que habíamos dado en un par de asignaturas. Nos sentamos en un banco, los ordené un poco y se los di para que los fotocopiara. Me comprometí a llevarle el resto la semana siguiente. Ella lo agradeció mucho, y me prometió que ella me dejaría un libro de preguntas de examen resueltas, y así lo hizo.
En cierto modo, en esta oposición nos estamos salvando la vida el uno al otro. Yo dejándole apuntes (sobre todo de las clases de entre semana, en las que hay mejores profesores y mejor material que en las de los sábados), y ella dándome el ánimo y la motivación que a veces me faltan.
Muchos días me manda un mensaje al móvil para decirme que va a ir a clase pero que va a llegar un poco más tarde, o que no va a poder ir por la razón que sea. La costumbre de volver juntos caminando la mantenemos. Con la excepción de una par de días en los que fuimos en metro porque llovía. Al despedirnos, invariablemente me da dos besos.
Su carácter abierto contrasta con su aspecto frágil. Está muy delgada, en parte porque come poco y en parte por el stress que tiene en su trabajo. Una día se mareó en clase porque había ido directamente desde el trabajo sin comer. Desde entonces, cuando llega siempre le pregunto si ha comido, y si me dice que no, la regaño cariñosamente y la acompaño a que se compre un sandwich.
En Navidades, quedamos una tarde para tomarnos algo. Llevaba un jersey de cuello alto y unos pantalones vaqueros acampanados. Estaba más atractiva que con la ropa más formal con la que estoy acostumbrado a verla, pues como he comentado, va directamente del trabajo a la academia. Pasamos en rato muy agradable, y no será la última vez que quedemos.
Todos los detalles de cercanía y complicidad que tiene esta chica, contribuyen a que tenga una sensación que en muchos momentos de mi vida he echado en falta, y es la de estar caminando junto a alguien. Y ese camino común no ha hecho más que comenzar...
RELATO 7
Caminaba lentamente, sin prisa, hecha un mar de dudas mientras me aproximaba a aquel café que me reencontraba con mi pasado.¿ Cuántos años habían pasado desde entonces? Dieciocho, diecinueve… qué más daba, el caso es que después de tanto tiempo , ese día volvía a verle, volvía a encontrarme con él de nuevo, mi corazón había vuelto a latir como hacía tiempo que no lo hacía y ese hormigueo en el estómago que solo sentía con él había vuelto a aparecer intacto, como entonces…
Aún recordaba con exactitud cómo y cuándo le conocí, como quedé prendada de aquellos ojos negros, de aquella piel morena, de aquel cuerpo juvenil que ya dejaba entrever el hombre en que después se convertiría.
Supimos, casi desde el principio que estábamos destinados a estar juntos, vivimos, con la ilusión de adolescentes, nuestro primer gran amor, podía sentir aún su olor, recordaba al milímetro cada rincón de su sonrisa, su forma de besar, sus caricias…. Podía incluso, describir la forma de sus manos al sujetar las mías. Y ahora…. Allí estaba yo, volviendo a enfrentarme a mi pasado, sin saber muy bien si estaba haciendo lo correcto o no.
La vida había vuelto a reunirnos de una manera casual, ambos habíamos cambiado, ya no éramos los adolescentes que fuimos, éramos un hombre y una mujer, cada uno con su vida, su trabajo, polos opuestos que se atraían irremediablemente, sin control, sin saber dónde nos iba a llevar esa locura que se había apoderado de nosotros.
Sin darme cuenta, había llegado a la puerta del café. Miré a través del cristal y… allí estaba él. Temblaba por dentro, intenté que no se percatara, pero creo que él lo notó desde el mismo instante en que nos saludamos con dos cálidos besos. Junto a dos tazas de café, comenzamos a hablar de nosotros, de nuestras vidas, de lo que habíamos cambiado desde entonces y el tiempo dejó de existir para nosotros, ya no estábamos en la mesa de un bar, nos habíamos trasladado a otro mundo, a un universo en el que sólo estábamos él y yo. El primer roce de nuestras manos cuando chocaron torpemente entre sí, me estremeció de una manera que hacía tiempo que no sentía, tuve miedo de dejarme llevar, de volverme loca y romper con todo para vivir lo que realmente quería. Intenté que mi cabeza dejase de funcionar a esa velocidad, quise tranquilizarme, pero no lo conseguí… miré el reloj, ¡maldito reloj!, se me había hecho tarde.
Salimos a la calle para coger un taxi, tenía que regresar a casa. Uno paró frente a nosotros y… en el mismo instante en que me disponía a cogerlo, volví a sentir en mí el calor de sus labios con los míos, la fuerza de sus brazos rodeándome, reteniéndome, diciéndome sin palabras que no quería que aquello terminase allí, que necesitaba que me quedase con él.
Nos miramos a los ojos y, comprendimos que nada había cambiado, que habíamos vuelto a convertirnos en aquellos adolescentes llenos de amor, que nos habíamos reencontrado por algo y que no íbamos a dejarlo escapar.
Cogí aquel taxi, sí, pero…. Junto a él, sin rumbo fijo, con una inmensidad de amor como maleta y con un futuro incierto por vivir……
RELATO 8
En aquel momento supe que le amaría para siempre. Dos semanas antes nos habían dado la "invitación" en la oficina: habría cena aniversario y no podríamos faltar. Desde entonces estuve buscando una excusa convincente para librarme de ir a tan aburrido evento.
Pero cuando creí haber dado con el argumento que me eximiría de aguantar a mis jefes y compañeros, no solo toda la semana sino también un sábado, apareció él. Valentín pertenecía al departamento de contabilidad y, aunque nos veíamos en ocasiones cuando algún que otro día a la salida unos cuantos de nosotros nos íbamos a tomar unas botellas de sidra, no es que tuviéramos mucho trato.
Una de esas tardes de reunión surgió el tema de la celebración y a mi se me ocurrió decir que quizá no podría ir. Ahí fue cuando empezó el interés de Valentín para que acudiera. En toda la semana no dejó de enviarme mensajes la móvil, al contestador, emails en un esfuerzo incomprensible para mí de convencerme para que lo acompañara a la cena.
Y llego el "gran día"; y a primera hora de la mañana mi teléfono empezó a sonar. Un número oculto; Una frase y colgaban. Así cada media hora ¿Qué significaba eso? Fue a la tercera o cuarta llamada que me di cuenta de que era él y de que esas frases eran razones por las que debía acompañarle a la fiesta. De repente me vi envuelta en aquella historia de seducción telefónica que me tenía pendiente del reloj intentando apurar las agujas para que esas medias horas fueran cada vez más cortas. Hasta que, tras 30 minutos de espera, el móvil, que llevaba conmigo en la mano a todas partes, no sonó. Comprobé la batería, la cobertura… todo funcionaba a la perfección. Simplemente no sonó.
Decepcionada, pensé la manera de dar con él antes de encontrármelo en la oficina el lunes, lo cual sería más incómodo, pero no se me ocurría nada… a no ser que fuese a la dichosa fiesta. Me dispuse a vestirme con mis mejores galas. Si íbamos a vernos quería estar espectacular: un vestido despampanante, un maquillaje deslumbrante, un perfume embriagador… vistazo en el espejo… ¡perfecta! Faltaba media hora para el inicio de la cena así que debería apurarme. Entonces el timbre de la puerta sonó. · ¿Quién diablos puede ser ahora, con la prisa que llevo?
Y allí estaba él. · ¿Qué haces aquí? – repuse sorprendida y, quizá un poco enojada. · Vengo a buscarte para el festejo · ¿Y cómo supiste que iba a ir? · Después de todos los motivos que te di, no tenías excusa para quedarte en casa.
En aquel momento supe que le amaría para siempre.
RELATO 9
Desde que tengo memoria siempre has estado ahí. Yo apenas levantaba un palmo del suelo y ahí estabas tú, tan bella como siempre. Los años pasaban y yo iba creciendo, siempre a tu lado. Sin embargo, tú parecías no verme, pasabas siempre de largo, alegre, cantarina… y yo sólo podía seguirte con la mirada. En primavera te mostrabas desbordante de entusiasmo, llena de fuerza, de energía, la naturaleza parecía contagiarte todo su esplendor. Después llegaba el verano y desaparecías. Alguien me dijo que solías ir a la costa. Y allí me quedaba yo, con un ramillete de flores en la mano. Esperándote. Cuando volvías te llenaba de regalos, me quedaba vacío por ti y te los llevabas sin apenas mirarme, dejándome solo, desnudo de ti. Recuerdo el día que logré apenas rozarte y sentir el tacto de tu piel. Un escalofrío estremeció mi cuerpo. Toda tu frialdad se convirtió en vida, en una corriente eléctrica recorriendo mis venas. A partir de entonces cada día me acercaba un poco más. Toda mi vida, mi cuerpo, moría de sed por tocarte.
Al principio simplemente te dejabas hacer. Con el tiempo, comenzaste a jugar con mis manos. Entre cosquillas y caricias construimos las pinceladas del mismo cuadro. Sin embargo, siempre había algo que impedía que pudiéramos unirnos para siempre… hasta aquella noche. Una tormenta parecía romper el cielo en pedazos. Yo, inclinado sobre ti, pretendía inútilmente protegerte hasta que un rayo me alcanzó arrancándome de la tierra que nos separaba. Por fin caí en tus brazos, para viajar a tu lado a aquellos lejanos lugares a los que solías ir en verano y que yo nunca conocí. Del sauce llorón a su amada corriente de río.
RELATO 10
Han pasado 30 años justos desde la primera vez que te vi. Estabas sentado en una mesa en la terraza del club náutico. Me fijé en la curiosa manera que tenías de remangarte las mangas de la camisa blanca que llevabas. Abrazabas a una guitarra y la tocabas con descuido, más interesado en lo que te comentaban los amigos que te acompañaban que en la música.
Me senté en la mesa y, la verdad, no te hice mucho caso porque sólo podía pensar en que me había sentado con el grupo de “los mayores” y eso molaba mucho.
Unas semanas más tarde volvimos a coincidir. Me presenté timidamente y me senté contigo. Encima de la mesa habías puesto el libro de filosofía de COU y más por cortar el silencio incómodo que por interés te pregunté por la asignatura. Me miraste con profundidad y me preguntaste mi opinión sobre la Nada. Después de una larga charla te solté esa frase de la que tanto nos hemos reído, bueno tú más que yo, que a mí todavía me fastidia que te metas conmigo por esa dichosa ocurrencia:
-¿Tú piensas mucho, no?
Jugamos al ratón y al gato muchos meses. Cada uno tenías sus propios problemas sentimentales. Yo escuchaba a tu novia contarme vuestras cosas. Tú pensabas que mi novio era un inmaduro que me hacía sufrir y te empeñabas en que merecía algo mejor.
Te me declaraste muy serio. Me miraste a los ojos y me dijiste con voz profunda un “te quiero” que todavía me hace temblar.
Hasta que llegué a mi casa no caí en la cuenta de que era el día de los inocentes, y la duda sobre tus intenciones no me dejó dormir en toda la noche. Cada aniversario repites la misma broma.
-¡Qué era una inocentada!
Una inocentada que ya dura demasiado.
No diré que siempre hemos sido felices pero ni una sola vez he dudado que nuestro destino era estar uno al lado del otro, ni siquiera cuando no hemos visto salida a nuestros conflictos. Y así seguimos, luchando por nuestros hijos y por nuestra relación.
Todavía me gusta observarte cuando llegas a casa, con esa forma tan tuya de remangarte las camisas, y mirar como coges la guitarra, la misma de aquella tarde, y la tocas con descuido, absorto en otros pensamientos.
|